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miércoles, 8 de septiembre de 2010

El Peregrino Belga (Cuento)

El peregrino se perdió entre San Juan de Ortega y Burgos, concretamente en Olmos de Atapuerca. Preguntó a un lugareño, sordo como una tapia, que le indicó el camino opuesto. Siguió andando, rezando y con los pies encallecidos y tardó casi 100 Kms en darse cuenta de que por su camino no iba nadie salvo él. Era belga, de Durbuy y un programa de televisión local le sirvió de llamada para emprender su aventura.

Volvió a preguntar en una gasolinera y un joven que despachaba, con una sonrisa de oreja a oreja, le conminó a seguir hacia el este.

El peregrino dormía bajo las estrellas y al alba continuaba su camino. Durante más de 30 días su andar cansino por montes y veredas le iba llevando a rastras y no se atisbaba ninguna señal que lo orientara.

Había oído hablar de la dureza del recorrido pero en su ignorancia nunca pudo imaginar que aquella fuera tanta.

Acabó en Cartagena. Entró en la ciudad, se sentó en la terraza de un bar y pidió una cerveza. Siguió andando hasta el puerto y bordeándolo, se dirigió a la playa de la Cortina donde alivió sus pies en el agua.

En la playa, un letrero grande y con letras de colores anunciaba: Casa Santiago. Comidas caseras.  

¡Por fin he llegado! Gritó para sí el peregrino.

(Manolo "Mismo")

viernes, 3 de septiembre de 2010

El Peregrino Solitario (cuento)

El albergue estaba repleto. La mesa, para no mas de seis comensales, la ocupaban diez personas.  Durante la cena, un peregrino solitario, de fuerte complexión, frente amplia y con barba de varios días, dijo con voz firme y en alto: "¡Va a ser una memorable tarde de toros"!...y siguió mojando sopones. Los demás lo miraron, se miraron y después de  un breve silencio, continuó el murmullo de las conversaciones.

En la siguiente parada, en la barra de un bar, el peregrino volvió a soltar, gritando:  "¡Va a ser una memorable tarde de toros"! La misma reacción de indiferencia en el público que lo rodeaba. 

En otra etapa del Camino, tras la frase, que escapó aún con mas contundencia, otro peregrino le increpó con un "¡Qué coño quieres decir con eso!" El solitario lo miró fijamente  y se echó una mano al bolsillo con gesto amenazador. El increpador se retiró, dándole la espalda.

La Catedral bullía de peregrinos. En un instante, como un rayo y sin dar tiempo a impedirlo, el solitario colocó una montera al Santo y lo arropó con un capote verde y oro al tiempo que, dirigiéndose al vacío, gritó de manera ensordecedora:
"¡Y ahora....! ¡aplaudid! ...¡que va a entrar el caballo del Cid a picar!

(Manolo "Mismo")